NI QUEJUERAHEREJE
Pocos días antes de Semana Santa, fue el deslinde de tierras del pueblo con la comunidad. Fue una ceremonia a la que asistieron el prefecto y el subprefecto, el juez y el notario; y representando al distrito el gobernador y el alcalde. El escritor Carlos Camino Calderón recogió la anécdota nacida al terminar la colocación de estacas en los linderos, dando fin a polémicas y pleitos en papel sellado.
-De aquí payá es de la comunidad, pacá es suyo- había dicho el gobernador, dirigiéndose al prefecto, mientras el escribano anotaba los detalles que dictaba el ingeniero.
Y de trecho en trecho, en el recorrido de varios kilómetros, el gobernador se dirigía al prefecto:
-De aquí payá es de la comunidad, pacá es suyo.
El prefecto daba su aprobación, el ingeniero indicaba los detalles y el escribano anotaba. Todos estaban contentos por el paseo y el gran almuerzo que los esperaba en casa del gobernador. Sólo el subprefecto se encontraba nervioso, intranquilo, mirando al prefecto con envidia mal disimulada. Fue cuando terminaron los trámites y se firmó el acta dictada sobre el terreno, que ya el subprefecto no pudo contenerse y disimuladamente se dirigió a su superior jerárquico:
-Lo felicito señor prefecto -le dijo–no se olvide de este su servidor. Espero una tajadita. ¡Caramba! Todo esto es suyo, dele al supre sólo una alita.
-¡Animal! ¡Suyo, se llama el pueblo! Regrese inmediatamente, haga su renuncia, que la aceptaré tan pronto llegue.
Eso fue unos días antes de Semana Santa. Había pasado la época de las lluvias y el pueblo se preparaba para celebrarla. Se notaba un ambiente de recogimiento y de fiesta. Cientos de serranos llegaban con sus familias. En burros y mulas, bajo el poncho el machete o el espadín, y en las alforjas las botellas de pambarumbe. Las mujeres rodeadas de chiquillos sucios y asustados, cogidos a las faldas de la madre. Los padres buscaban posada y no eran exigentes. Dormirían en cualquier rincón, comerían lo que les sirvieran. Estarían jueves y viernes santo, sábado de gloria y partirían el domingo después de hacer sus compras. Cientos de serranos con ponchos de colores, serpenteando por los caminos escarpados, subirían y subirían la cordillera y bajarían hasta sus valles floridos, otra vez a sus pueblos dormidos, donde la paz sólo es turbada por la piteada de desafío de un borracho. Regresarían a sus pueblos después de haber escuchado la palabra de Dios por boca del cura Godoy.
El miércoles en la mañana fue que la Rosa Palma entró a Suyo, montando un bayo, con la carabina colgando del arzón y el machete bajo el poncho.El sombrero junco a la pedradadejaba al descubierto toda la cara larga y huesuda, donde brillaban los grandes ojos negros que a nadie miraban.
-Comadre- le había dicho un día la Rosa Ruidíaz- usté en nadies se fija.
-Así no sabré quien me mata –contestó la capitana- puede ser de seguro un ingrato y el desengaño es pior que la muerte.
Hoy a nadie temía, ya estaba enterada que las autoridades y los tres gendarmes del pueblo estaban en camino a la ciudad. Sin apresuramiento, con la bestia al paso, se encaminó a la pulpería de Estanislao Juárez. Llegaba sola para que vieran que no buscaba pendencia y que no era la fiera que decían. Desmontó, amarro la soga en uno de los troncos que hacían de columnas para sostener el ancho alar del techo, y subió despacio los cinco escalones de la casa en alto, que así se defendía de los torrentes cuando llovía. Entró tranquila a la tienda y se acercó al mostrador. Compradores y amigos del tendero se quedaron inmóviles mirándola aterrados. Ella simuló no darse cuenta de la impresión que causaba su ingreso. Juárez, como si no hubiera visto a la mujer, continuó hablando en voz alta:
-Sí, ya les digo que traigo al mejor predicador que ha llegau al departamento. Traigo nada menos que al cura Godoy, famoso, me dicen. Los periódicos hablandél, le he madau trescientos soles, bestias y guardaespaldas pa’que venga. Hoy debe llegar. Ban oyirgueno. Pa’que sean cristianos y sepan respetar los bienes ajenos como dice el catecismo. Parece que hay gentes que nunca luan leyido.
Lo último lo dijo mirando a la Palma, que se hizo la desentendida y miraba en las perchas las piezas de percala de colores. Juárez avanzo con las manos metidas en los bolsillos del chaleco, cruzado por una gruesa cadena de oro. Se la quedó mirando, sereno, sin mostrar miedo y casi indiferente, le dijo:
-Yusté ¿qué busca?
-Quiero comprar. No voy a venir a visitarlo, pues no lo conozco ni en peleya de perros. Quiero unos cortes de percala y otras cosas.Deme muestras pa’descoger.
-¿Las bapagar?
-¡Gua! ¡Claro! ¿Qués usté cojudo? No vengo a pedirle fiáu,niá pedirle limosna. Pago con mi plata-respondió la Palma-perdiendo la cabeza -¿Me conoce usté?
-Sí. Creygo que por lo lisa debe ser la Palma ¿Cierto? Poreso le preguntaba si bapagar o si biene a robar.
La palma creyó prudente no estallar y se quedó quieta, como si nada hubiera oído y la conversación fuera amistosa; contestó sonriendo:
-Ya me habiyan dicho quiusté es un zambo malcriau, que se cré mucho porque tiene cuatro riales. Sepa quiusté roba detrás del mostrador, sin peligro, como cobarde y yo en caminos esponiendo la bida. Sepa tamién,quiamí nadies me falta el respeto y quien me la debe me la paga.
-Mándese cambiar diaquí ¡bandida! ¡ladrona!, vociferó el pulpero.
-Me boy, carajo, pero le digo, zambo grajiento, que duerma un ojo abierto. Yegué respetando para que me respetaran, yusté me buscó. Baya arreglando sus trapitos, que la mortaja no tiene bolsíos y en el infierno se dentra calato.
Dio un puñetazo en el mostrador haciendo temblar la percha y repiquetear las botellas. Salió pisando fuerte y sonando las espuelas pero bajó despacio los cinco escalones y se sintió humillada, adolorida, como si la hubieran sacado a patadas. Montó y paso a paso, se alejó por la larga calle de ranchos sucios, de paredes potrosas y puertas de latas y pellejos. Salió al campo, respiró a todo pulmón para no ahogarse y clavó las espuelas al caballo que arrancó al galope, entrando por el camino sombreado por viejos algarrobos.
Cuando llegó al hospedaje, rancho perdido casi en una loma, escondido entre vichayos, se dejó caer del caballo y se abrazó al cuello del animal para no caer. Le atormentaba un dolor en el vientre y la casa y los sauces que parecían mujeres lavándose los cabellos en las acequias, comenzaron a dar vueltas alrededor de ella en diabólica danza.
Su tenienta, la Ruidíaz y don Pascual, salieron corriendo a sostenerla.
-¿Gua, comadre? ¿Ónde le dieron?
-Es más pior que bala. Es chucaque. ¡Me muero!
-¿Qué condenau le falto? ¿Quiá tenido un disgusto?
-¡Grandasaso!¡Pronto, yame a un santiguador!
La dueña de la casa, gritó:
-¡Mario! Anda prontito y trete a don Rufino, que venga corriendo ¡anquesté mamau!
El muchacho, corriendo como un venado, se perdió entre los árboles. A la Palma, cargada la entraron al rancho y la acostaron en una tarima. Don Pascual encendió un cigarro y se lo puso en la boca a la capitana.
-Fume comadre,liará bien.
-Comadre-dijo la Ruidíaz- dígame quién jué piral pueblo y palomeármelo.
-Esté tranquila-respondió la Palma- son días santos. Sería como matar al Señor y no somos judíos. Esa cuenta la arreglo yo. Ustedes tamién muchachos. Dejen las cosas así. Agora que me curen.
El muchacho regresó corriendo, seguido de don Rufino, quien también corría a pesar de sus años. Ya sabía quién era la enferma y el brujo hacía mucho tiempo que no veía un personaje de tanta importancia.
-¡Carajo! Dicen que tiene cuarentitrés marcas en la culata.
-Yo conté cuarenticinco-dijo el muchacho- cuarentitrés debe haber tenido la semana pasada.
Entraron apurados, todos esperaban, mirando a la enferma que se retorcía de dolor. El poseedor de los secretos médicos del campo, saludó:
-Guenos diyas de Dios. Chucaque de doble credo. Que me den una peseta de plata, si tienen el rey, mejor. A ber, destápese la barriga.
La paciente obedeció y don Rufino cogió la peseta que le alcanzaron y se acercó a la Palma. Se la colocó sobre el ombligo donde la presionó con el dedo índice, haciéndola describir un movimiento circular.
-Baya rezando dos credos doña Rosa y cuando termine me avisa.
El brujo continuó presionando el ombligo con la peseta y rezando una oración que nadie entendió.
-¿Termino los credos? Agora diga conmigo: lastimaron mi alma, vergüenza, Señor. Gracias que me dites, vergüenza, Señor. Dame mi vergüenza, toma tu dolor. Me dites vergüenza, Señor. Amén. Agora persínese y descanse. Que le den una taza de flor de muerto. Ya le pasará el dolor. A tiempo bine. Sino, dispensándome la palabra, se jode doña Rosa.
-Si don Rufino, gracias. Habiya oído hablar de usté, si parece que me ha quitau el dolor con la mano. Me moría, casi me mata el zambo. Don Pascual ¡dele cincuenta soles a don Rufino! ¡Si no tengo como pagarle! Si lo que más temía era morirme sin cobrar la cuenta. Pero el Señor es justo.
- ¡Qui ocurrencia! No me debe nada. Sólo me yebo la peseta de recuerdo. Y ya sabe, si quiere fregar al del chucaque, estoy a su mandau.
La palma lo obligó a que aceptara el dinero y el brujo lo guardó en una sucia talega que le colgaba del pescuezo, mientras la capitana, ya sonriente, decía:
-Gracias, gracias don Rufino, dese trabajo me ocuparé yo, personalmente. Pa’que aprendan a respetar a una mujer sola y en Semana Santa.
Volvió la alegría a todos, pero quedó la preocupación por lo que vendría.Le alcanzaron a don Rufino una copa de mayorca, la tomó gustoso y entregó la botella y copa a la Palma.
-Tómese una copa, liará bien – le dijo
-Me arriaré dos camaretazos –dijo la capitana
Después botella y copa pasaron de mano en mano. Tomaron todos.
-Agora ustedes se banpa’ la Encantada y ayá me esperan. Salgan después de merendar y por el camino no se metan con nadies.
Esas órdenes de la Palma eran inapelables. A las cinco merendaron, ensillaron y después de despedirse, la banda, sin capitana, emprendió el largo viaje.
La palma se quedó acostada, mirando el techo, callada, con la botella y la copa al alcance de su mano. Quería repetir los tragos y dormir tranquila. Y así, pensando y pensando, avanzaron las sombras de la noche y quedó dormida, mientras los de casa, bajo la débil luz del candil, hablaban en voz baja.
El jueves, en el pueblo fueron los oficios de la pequeña iglesia.El viento trajo hasta el rancho la música sagrada. La tarde fue tranquila y llena de tristeza, también la noche pesada de recogimiento, los perros se abstuvieron de ladrar. Todos vivían la Pasióny alguien preguntó como un susurro:
-¿Ya lo habrán entregado a Caifás?
El viernes continuaron las ceremonias del duelo cristiano, pero lo esperado por todos era el sermón de las tres horas, las siete palabras; en la tarde era la completa descripción del drama, sólo las mujeres podían entrar al templo, ya que era tan pequeño y cabían los miles de forasteros. El púlpito se armó en el atrio y la multitud de ensombrerados y emponchados, borrachos y sudorosos, llenó la amplia plaza de armas.
Todos ansiaban escuchar la palabra de Dios. Escuchar al cura Godoy. Cuando el robusto fraile dominico ocupó todo el púlpito, los hombres se descubrieron respetuosos y se persignaron. Y se hizo silencio para escuchar, para eso habían venido de tan lejos, del otro lado de la cordillera.
Comenzó el sermón, relatando el cura, en palabras sencillas y claras para su auditorio, esa historia de amor y sacrificio divino, que de nada ha servido a esta loca humanidad.
-…Los judíos querían tomar preso a Jesús. Pero, ¿Dónde iría después de la cena, en la que se despediría de sus discípulos? Ya conocían a Judas, uno de los apóstoles, hipócrita y malvado, jugador y borracho, que quería sólo dinero y dinero para sus vicios malditos. Lo llamaron y le preguntaron: ¿Vos sabéis donde irá a orar después de la cena, el Rey de los Judíos?
-¿De qué cena me habláis?, preguntó Judas.
-Vos lo sabéis. Con sus discípulos se reunirá esta noche para despedirse, ya que emprenderá una gira por los distritos, a conseguir partidarios y luchar contra el Emperador. ¿Dónde irá después del banquete?
-Os lo diré si me pagáis treinta dineros.
-Tomad mal hombre –dijo el capitán romano y le entregó una bolsa con treinta monedas de oro que le habían entregado los fariseos.
-Gracias, muchas gracias general –dijo Judas- Jesús irá a orar a Dios, su Padre, al bosque de Getsemaní. Yo os guiaré.
-Así se cometió el crimen más horrendo de la historia de la humanidad. Fue Judas el traidor quien entregó a Jesús, el traidor fue ese maldito Judas.
La multitud, como fuerte marejada, se inclinó de un lado, a otro, y esa ola de gente, sin poder contener su indignación y su horror, lanzó un furioso grito de protesta. Fue un solo grito que llenó la plaza y retumbó en los campos su eco interminable:
-¡Qué guena laya, de jijo e’ pucta!
Fue un certero impacto en el corazón de esas gentes.Y fue un triunfo enorme del orador sagrado, que continuó la historia. Con los ojos llenos de lágrimas llegó a la cena:
-Porque de verdad en verdad os digo, que Jesús que es Dios ya sabía que había sido traicionado y que será crucificado. Pero Él comió el pan y tomó el vino, y dijo con todo el dolor de su corazón: Esta será la última vez que esté con vosotros, pues entre vosotros está el que ya me ha traicionado. Después miró a todos con cariño. Los apóstoles lloraban y lloraban, y lloraba Judas también, pero era porque ya había perdido los treinta dineros jugándolos en la pinta. Todos fueron a Jesús para besarlo y Judas también. Y Jesús le dijo:
-Bésame, porque de verdad en verdad os digo, que soy amor y perdón, y a vos también mi perdón te alcanza. Y ese bandido, ese traidor, besó a Jesús con sus labios envenenados. Lo besó queridos hermanos. ¡Besó a Jesús! ¡Judas el traidor!
Y otra vez el grito de condenación de la multitud, retumbó en la plaza y tembló el pueblo. Fue una sola voz indignada y furiosa. Fue la misma frase de protesta, que rompió el silencio:
-¡Qué guena laya, de jijo e´pucta!
Como siempre, en gritos murió la protesta, pero el sermón del cura Godoy fue un triunfo para la fe tambaleante de esas gentes. El alcohol siempre se convierte en lágrimas, por eso todos llorando, esperaron que el sacerdote baje del púlpito para abrazarlo y jurar que continuarían amando a Jesús y rogarle que tomara una copa con ellos. Al corazón del pueblo llegó la Pasión y a noche fue una borrachera general de arrepentimiento. Se olvidaron las injurias y salió a flote el espíritu deportivo, cuando un serrano gritó:
-¡In santo Domingo, nadies hubiera traicionado a Jesús, carajo!
A lo que respondió otro, indignado.
-¡In Chalaco dirás, sonso! ¡In to pueblo el añu pasau li robaron los clabos quiran di oro!
Y a la luz de los faroles brillaron los machetes, y las mujeres, serenas, impidieron un viernes santo sangriento. Gracias a ellas los machetes y los espadines se escondieron otra vez bajo los ponchos. Ellas dijeron:
-Nu puidin piliar, el Señor istá muirto, díjinlo pa’ mañana
Y la paz se hizo entre los cristianos.
El sábado amaneció tranquilo, sólo cantaban los gallos con los ojos cerrados ante un sol deslumbrante. Bajo un cielo de azul purísimo, el pueblo esperó que dieran las diez de la mañana. Fue cuando las campanas repicaron locas y tronaron guerreras las camaretas. Los niños se sintieron libres y salieron a las calles a robar bizcochos y alfeñiques, en su alegría y su inocencia aprovechaban el júbilo de los mayores. Las calles se llenaron de gente y se abrieron las cantinas. Se olvidó la traición de Judas y el Redentor continuó clavado.
Fue después de las cinco, después de la merienda con pavo horneado, pastel de fuente y arvejas verdes, en casa de Estanislao Juárez; que la Palma llegó montada en su bayo. Llegó arreando una vaca mora, que avanzaba pesadamente:
-¡Baaacaaa! ¡Baaacaaa! –gritaba con voz ronca. Se detuvo frente a la puerta de la pulpería donde se amontonó la gente. Juárez salió a la puerta averiguando qué pasaba. La Palma mostrando su mejor sonrisa se dirigió a él:
-Don Juárez, le vendo esta baca. De balde se la dejo. Cuarenta soles. Así olvido la molestia que me dio el miércoles. Si semos del mismo oficio, no debemos de estar peliando.
Juárez se hizo el que no oyó. Bajó los cinco peldaños y se acercó a la vaca, miró al animal y después a la Palma, con cara de pocos amigos.La gente, y el cura entre ella, estaban seguros de que la bandolera regresaba a buscar pelea.
-¡Oiga india bandida! –gritó Juárez – ¿Sestáburlando de mí?; la baca es de mi propiedad, haytá el jierro. Una E y una J. ¡A mí no se me roba! ¡Deje al animal y mándese cambiar, antes que la tome presa!
-Sí, sí -respondió la Palma- tome el cabresto. Aquí cerca leché laso y me dije: -se la yebo al patroncito, tan brabito, tan balientito, pa’que no guelba decirme bandida, niá botarme de su tienda. Tome el cabresto, cabayero…agárrelo.
Juárez avanzó callado, con gesto amenazador. Se sentía seguro, por ser gobernador y estar rodeado de tanta gente.Y sobre todo por la presencia del señor cura. Estaba libre de toda agresión. Pero ignoraba que era su día.
-Tómela, mi blanco, mi niño –seguía diciendo la Palma con sorna. Con la soga en la mano –Tómala serrano sucio, ladrón. Te bas solo al infierno y dejarás la baca en la tierra.
Rápida como un relámpago, sacó la carabina debajo del poncho, y disparó sobre Juárez a boca de jarro, destrozándole la cabeza. El tendero cayó junto al animal. La bandolera miró fijamente a los vecinos aterrados, escupió con asco hacia la gente y gritó:
-¡Padre, ay le dejo eso, que felizmente no resucitará como el Señor!
Ya estaba oscureciendo y por las calles del pueblo, tronaron en las piedras los cascos del caballo en loca carrera. Después, se perdió entre los árboles que bordeaban el camino. Nadie la perseguía, pero ella deseaba estar lejos de ese muerto, el más feo de todos los que había mandado al otro mundo. Nadie la perseguía, ya que el pueblo celebraba el sábado de Gloria y este era un número extraordinario que no figuraba en el programa.
Un buen rodeo dio la capitana para llegar el miércoles temprano a la Encantada. Cuando entró por la única calle de chozas de ese pueblo de bandoleros, soltó las riendas del caballo y paso a paso, con el sombrero en la mano, como rezando, sin mirar a nadie de las gentes que estaban en las puertas viéndola pasar, esperó que el caballo solo se detuviera en la casa que ya conocía. Así fue, y la Ruidíaz salió para abrazarla, mientras su hijo sostenía el caballo y su sobrino bajaba las alforjas. Don Pascual, callado y pucho al colmillo, miró y espero que las mujeres callaran.
-Comadre- dijo la tenienta- aquí estamos sin poder dormir, por usté. ¿Se cobró la deuda? Nos tiene intranquilos.
-Ya comadre- respondió la capitana, despacio, cansada –maté a Estanislau Juárez. No más le metí un balaso en la cabesa. ¡Que Dios me perdone!Pero era su día.
-Pero ¿Qué lo mató el viernes Santo? ¡Pa llegar aquí tan pronto!
-¡No comadre! ¿Cómo se le ocurre? ¿Cómo boy a matar a un cristiano el viernes Santo? Lo que pasa es que bine por el despoblau, cortando camino. Lo maté el sábado, después de que repicaron Gloria.
-¡Ni que juera hereje!